
Cuando el dolor toca nuestra puerta
El llanto puede durar una noche, pero la alegría viene en la mañana.
Como médicos, hemos aprendido a contener el dolor ajeno. Pero hoy, si el duelo toca tu corazón, permítete sentirlo sin culpa. Cada pérdida —un paciente que no pudimos salvar, un ser querido que se fue— deja una marca legítima. No es debilidad reconocer que duele. El Señor mismo lloró ante la muerte de Lázaro, validando nuestras lágrimas como parte de la experiencia humana.
En los pasillos del hospital y en la soledad de tu consultorio, recuerda que el duelo es el precio del amor. No apresures tu proceso de sanación ni busques superarlo rápidamente. Permite que el tiempo, la fe y la comunidad hagan su obra. Tus manos que curan también necesitan ser sostenidas. Busca a alguien en quien confiar, ora sin prisa, y descansa sabiendo que Dios guarda tus lágrimas en su redoma.
«Llorad con los que lloran» — Romanos 12:15
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