
Cuando el dolor toca nuestras manos
El duelo no es debilidad; es el precio del amor que hemos dado.
Querido colega, como médico has cuidado vidas, has sostenido manos en la angustia y has presenciado partidas inesperadas. Ese peso que llevas en el pecho es legítimo. No es falta de fe sentir el vacío cuando la muerte llega, aunque hayamos hecho todo lo posible. Hasta Jesús lloró ante la tumba de su amigo, legitimando nuestro dolor como parte de la condición humana.
El duelo que experimentas como sanador es sagrado. No lo reprimas con falsa estoicismo. Permite que tus lágrimas rieguen la tierra de tu compasión. Acércate a Dios en tu tristeza, comparte tu carga con hermanos de confianza, descansa cuando sea necesario. Recuerda que tu humanidad —incluyendo tu capacidad de sufrir— te hace más cercano a quienes atienden. En la resurrección, toda lágrima tendrá sentido.
«Jesús lloró» — Juan 11:35
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