
Llamados a sanar
Tu profesión médica no es casualidad, es tu carta de amor escrita por Dios
Hermano médico, cada vez que cruzas la puerta de tu consultorio o ingresas a ese hospital, no estás simplemente ejerciendo una profesión. Estás respondiendo a un llamado que viene de más allá de los diplomas y las certificaciones. Dios vio en ti la capacidad de tocar vidas, de aliviar sufrimiento, de ser instrumento de esperanza. Esa vocación que late en tu pecho no surgió por casualidad, sino porque fuiste designado para esta misión sagrada.
Hoy te invito a recordar que cada paciente que atiendas es alguien por quien Cristo derramó su sangre. Tu propósito trasciende los síntomas y los diagnósticos; es restaurar la dignidad, la fe y la esperanza en quienes sufren. Cuando te sientes cansado o cuestionas tu llamado, regresa a este momento: eres coautor del Dios sanador en esta tierra. Esa es tu verdadera vocación.
«Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» — Efesios 2:10
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