
Las manos que sanan
Servir no es una obligación, es el privilegio de reflejar a Cristo en cada encuentro.
Hermano médico, cada paciente que atiende es una oportunidad de vivir la misión de Cristo. No es casualidad que posea esos conocimientos, esa destreza en sus manos. Dios lo colocó donde está para ser instrumento de sanación integral. Cuando escucha con paciencia al anciano asustado, cuando sostiene la mano del enfermo, cuando se detiene un minuto extra para explicar con claridad, está predicando el Evangelio sin palabras.
Hoy, permítase recordar por qué eligió esta profesión. Aquella pasión inicial sigue siendo válida. Su servicio médico no es solo técnica; es acto de amor. Cada diagnóstico correcto, cada tratamiento compasivo, cada palabra de esperanza que ofrece son semillas del Reino. Que su consultorio sea un santuario donde Cristo se haga presente a través de sus manos y su corazón.
«Así que, en todo, traten a los demás tal y como quieren que ellos los traten» — Mateo 7:12
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